sábado, 21 de noviembre de 2009

Jornada laboral


El despertador sonó marcando las seis de la mañana. Arthur abrió los ojos, observó el techo color canela unos instantes y se levantó. Tomó una ducha rápida, se vistió, desayunó a penas un café, cogió el maletín preparado el día anterior y salió del departamento a paso redoblado.
Una mañana gélida, la nieve cubría por completo las calles y todo lo dormido sobre ella. Arthur se detuvo un segundo en la puerta del edificio, levantó el cuello de la giacca negra, encendió un cigarrillo y continuó camino, repasando de forma metódica el plan a cumplir en la jornada. El reloj pulsera marcaba las nueve y veinte, apuró el paso.
Llegó a la oficina sin sobresaltos, selló la tarjeta de ingreso y se dirigió al cubículo negro. Acomodó cuidadosamente el maletín arriba del escritorio, el sobretodo en el respaldo de la silla y fue hacia la máquina de bebidas por otra dosis de cafeína líquida. Uno a tras otro saludó a sus compañeros, intercambió algunas palabras vagas mientras ingería la infusión y retornó al espacio cotidiano.
A las doce del mediodía se levantó por primera vez; la silla resultaba demasiado agradable como para separarse de ella, pero el estómago había rugido la última media hora y decidió silenciarlo con algo de comida. Subió al bufete en el último piso; congratuló atentamente a quien atendía, pidió un sándwich de carne y, una gaseosa, y se acercó a las ventanas para que la luz del sol lo calentara.
A las tres fue a beber el tercer y último café del día. Esperando que la máquina llenara el vasito de plástico, una compañera se acercó. Vestía una seductora minifalda negra, medias a tono, zapatos de taco alto y camisa blanca. Dialogaron un rato; la invitó a tomar algo en la noche, ella aceptó y quedaron en comunicarse. Volvió al escritorio riendo por lo bajo, tratando de disimular su buen humor.
La alarma del reloj pulsera sonó a las cinco en punto, todavía faltaban treinta minutos para que finalizara la jornada laboral. Abrió en forma cuidadosa el maletín y programó el reloj de su interior para las cinco y veintinueve. No le quedaba mucho tiempo, tomó la giacca y el maletín y fue hacia a la salida. En el camino se topó con su jefe, apoyó el maletín en el suelo y le estrechó la mano; conversaron unos segundos, mientras se colocaba el sobretodo. Apuró la marcha para alcanzar el ascensor y abandonó la oficina.
Se detuvo unos segundos en la vereda cubierta de nieve y encendió un cigarrillo; era el segundo de la fecha y el cerebro se relamía sabiendo que faltaba un tercero. Levantó el cuello negro y emprendió el camino de regreso al hogar. Paró frente al semáforo esperando el verde; miró el reloj pulsera: restaban treinta segundos. Cruzó por la senda peatonal y un estruendo se escuchó detrás de él.
Los transeúntes quedaron paralizados. La explosión destrozó el frente del edificio; gigantescas llamas brotaban del tercer piso y un humo negro contaminaba el ambiente. Arthur pasó inadvertido entre la multitud; sus labios se curvaron en una sonrisa.

1 comentario:

Stanley Kowalski dijo...

Me gustó, buen relato.

BESOTES Y BUEN DOMINGO!

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