jueves, 25 de noviembre de 2010
Leyendas del norte
miércoles, 29 de septiembre de 2010
Al calor de las balas

Hervía el asfalto con el sol del mediodía. La ciudad padecía el auge del tráfico diario. Una llamada anónima había denunciado ciertas irregularidades en la calle 10 y dos unidades policiales se dirigieron con velocidad.
John “Doc” Smithcraft y James Lafferty, estandartes de la nueva policía, viajaban en uno de los autos; era indispensable su presencia, conocían los bajos como pocos. John fue el primero en recibir la orden, dado que James no se encontraba en la comisaría y le faltaban algunas cuadras para llegar. Suponiendo lo peor, cargó su Magnum característica, las nueve milímetros y dos chalecos antibalas. Apenas subió al coche, distinguió a su amigo en la lejanía y lo encaró.
James lucía demasiado agotado, las últimas noches no había podido pegar un ojo, la adicción a las apuestas, esta vez no era el problema: Su novia lo había llamado para contarle que estaba embarazada y llevaba tres meses de gesta. Era una situación nueva y desconocida para él; siendo una persona de reacciones enigmáticas, los siguientes pasos habían de ser un misterio. Mientras acudían al lugar del incidente, le relató a su amigo la noticia. John no pudo disimular su alegría, y a James le generó una mezcla de orgullo y agradecimiento. Era lo que necesitaba, apoyo psicológico suficiente como para abordar su compleja realidad con una mirada optimista.
El otro coche, donde viajaban cuatro efectivos jóvenes, fue el primero en arribar a la escena. Comunicaron la situación por radio y bajaron para verificar. Segundos más tarde, John ubicó el automóvil cortando la calle de modo que el tránsito se desviara. Apoyó los pies en el suelo justo cuando se oían dos disparos; reaccionando le alcanzo las armas a James y desenfundó su revólver. Otro par los obligó a abrir el baúl y cubrirse detrás. James se asomó unos centímetros y, a través de sus anteojos de sol Aviator, observó cómo sus compañeros caían heridos. Miró a John a los ojos y con un guiño de éste se levantaron y comenzaron el tiroteo.
Las balas provenían desde un kiosco de pequeñas dimensiones, la llegada de la policía desconcertó a los delincuentes que se habían atrincherado detrás de un mostrador. James corrió hacia la puerta, distinguió sólo a dos de ellos y al dueño del comercio; John se paró del otro lado, recargaron y continuaron el enfrentamiento.
En una fracción de tiempo, su amigo se desplomó en el suelo ante su incrédula mirada. Iracundo, entró en el lugar y asesinó a los ladrones.
Supuso que todo había terminado, pero la mirada de terror del kiosquero y la fría sensación de una pistola en la sien le comunicaron su error.
- ¡Corten!
Los caídos se levantaron. Jack McClaren (James Lafferty) se acercó al director y le preguntó:
- ¿Qué te pareció Robert?
- Mejor que las cuatro tomas anteriores- contestó entre sonrisas.
- Fantástico- se dirigió a su compañero y le gritó – ¡Charles (John “Doc” Smithcraft), le gustó! ¿Vamos a tomar algo?
martes, 6 de abril de 2010
Alea jacta est
Un sol brillante observa sus dominios desde lo alto del firmamento. El cielo se encuentra limpio, ninguna nube oculta el techo celeste. Irónico.
La alarma se esparció ni bien la noticia llegó a las cabeceras de los medios de comunicación. En internet, a los pocos segundos todos hablaban del suceso. La predicción de esta situación tiempo atrás, habría intentado anticiparnos que el pánico se apoderaría de cualquier ciudad, en cualquier parte del mundo. Debo decir que se hubiese equivocado.
La metrópoli no dejó de respirar con el típico trajín vespertino. Las bocinas de los coches siguen sonando, los perros siguen ladrando, todo fluye con normalidad mientras el sonido del teclado trabajando llena el ambiente.
La inevitabilidad del evento, creo, obliga a quedarse donde uno se encuentra; de una u otra manera la suerte está echada.
Ocho minutos no son muchos cuando se los describe sin una relación con algo. En realidad son algunos menos, pero la esencia de la estructura es casi la misma. Que resten ocho para finalizar un partido de fútbol, podría ser irrelevante, sin embargo en básquet es toda una vida. En este caso, ocho minutos para despedirse, no son suficientes. Hasta el menos sociable de los individuos notaría la injusticia.
Luego de contemplar el cielo me dirijo al teléfono. La primera llamada es predecible:
- Hola, ¿Ma?
- ¿Cómo estás? Si ma, ya lo sé, sólo quería hablar.
- Creo que es en vano que me preguntes si comí hoy.
- Está bien, está bien.
- Yo también te amo.
El corazón me duele como si estuviese a punto de infartarme. Tres minutos.
- Hola ¿Cómo estás?
- Es algo caradura de mi parte, pero creo que necesitaba escuchar tu voz.
- Hipócrita o no, sé que me equivoqué y te quería pedir perdón.
- Es cierto, aunque debo decirte que fueron los mejores años de mi vida.
- Sí, todavía siento lo mismo y eso no cambiará.
- Hasta siempre.
El dolor creció en intensidad de forma exponencial. Cuarenta y cinco segundos.
El sol irradia energía con mas fiereza; preludio de lo que ya pasó, pero todavía no ha llegado. Dejaré el sillón del estudio y saldré a verlo.
Termino el texto y lo subo al blog.
Diez segundos…




