sábado, 7 de noviembre de 2009

El banco


La sede del Persik Bank de la ciudad de Manchester no era un edificio común. El dueño de la corporación había mandado llamar al artista plástico más exitoso del momento, para que diseñara la estructura exterior. Resaltaba por sobre la monotonía de las casas típicas del lugar y los complejos industriales.

Era un día como cualquier otro, el otoño ya se había instalado trayendo consigo nubes y chubascos; la mañana, a pesar de los fríos anteriores, llegó con una temperatura agradable. Las diez, marcaba el comienzo de la jornada y las puertas de cristal se abrieron dando paso a la multitud. Nada fuera de lo cotidiano.

La crisis económica internacional no pudo hundir la institución; la junta directiva se movió con habilidad y los negocios gozaban de una salud superlativa.

Ludwig Von Persi era un magnate poco común, a los diecinueve años heredó una pequeña fortuna, apenas superior a los diez millones de libras, pero su perspectiva vanguardista y su actitud ganadora lo convirtieron en uno de los hombres más ricos y poderosos del planeta; podría decirse que era el Rey Midas del nuevo milenio.

Alrededor de las once y media, paró en la puerta el contingente ejecutivo transportados por diez autos de alta gama. Al ingresar, todos giraron sus cabezas hacia la entrada ante semejante aparición. Con el joven Ludwig a la cabeza, vistiendo un traje de seda italiana, se dirigieron hacia el ascensor privado. Comentaban entre los empleados que una fusión empresarial estaría gestándose; aparentemente incorporarían a un desafortunado banco noruego, aunque no esperaban tal compra para estos días. El lunes pasado había marcado otro día negro para los negocios en Wall street y, junto a la norteamericana, la bolsa de Londres también retrocedió varios puntos.

El asombro todavía sacudía a empleados y clientes, a pesar de que el ascensor ya había retornado de los pisos superiores.

Ninguno prestaba atención, pero al día aún le restaba otra sorpresa por entregar.

Un hombre flacucho y desgarbado entró a eso de la una de la tarde. No vestía mal, tampoco era un modelo de pasarela. Zapatillas comunes, unos jeans gastados cubrían la parte baja y una amplia camisa blanca fuera de los pantalones. Se detuvo a unos pasos de la puerta, observando el contexto en el que se hallaba. Uno de los recepcionistas estuvo a punto de ofrecerle ayuda, pero el hombre se dirigió hacia las cajas. Con agilidad innata sacó una pistola de los jeans y disparó dos veces, lesionando a los guardias que se encontraban a unos quince metros. No tuvo necesidad de gritar; el resto de la gente, salvo un par de cajeros, se arrojó al suelo; y quedaron tendidos. A menos de un metro de las ventanillas, le tiró una bolsa de material sintético pero resistente a uno de los cajeros, y para que no quedaran dudas, le destrozó la cabeza de un balazo al compañero de la derecha. El muchacho comenzó a llenarla con fajos, a la vez que el maleante vigilaba al resto, y se la devolvió. El hombre la tomó y huyó corriendo de forma cuasi velocista.

Tardaron minutos en comprender qué pasó; algunos clientes se levantaron, otros siguieron en el suelo y unos pocos se desmayaron.

La alarma silenciosa había sido activada luego del primer disparo, pero el delincuente no le dio tiempo a la policía.

No hubo forma de rastrearlo, aunque se esforzaron todas las unidades. Tampoco existía manera de identificarlo mediante las cámaras de seguridad: cerca de las puertas, tirada en la vereda, una máscara, muerta de risa.

1 comentario:

Stanley Kowalski dijo...

Una historia bien relatada, sin fisuras, fácil de leer. Como bien sabés, luego de haber escrito algo buenísimo como el relato anterior, es muy difícil mantener el nivel. Nos pasa a todos los aprendices de escritores, y también a los escritores. Me gustó.

Muchas gracias por el comentario, claro que sos un ladri, pero sabés robar muy bien.

BESOTES.

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