sábado, 3 de octubre de 2009

La vereda


Uno no alcanza a medir en qué peligro se puede encontrar a plena luz del día, transitando por una vereda. Muchas veces es demasiado tarde para hacer algo, pues la velocidad con la que ocurre un evento siniestro, suele ser asombrosa.

Aparece por la esquina y toma la calle 23 un sujeto bastante sencillo; no viste ropas llamativas o extravagantes, un sobretodo negro lo cubre hasta el cuello y de las rodillas hacia abajo un pantalón de vestir del mismo color y zapatos a tono.
La multitud apenas lo advierte, camina con paso lento y seguro, como si nada en el mundo lo apurara. Muy diferente de las personas que lo rodean; todas andan como si el Diablo les pinchara la espalda.
Se detiene a mitad de cuadra, mira su reloj pulsera y saca un cigarrillo del paquete; una vez encendido y aspirada la primera bocanada de humo, procede a escudriñar el lugar de derecha a izquierda. Repite cada quince segundos y solo mueve su cuello. Derecha, izquierda; derecha, izquierda; derecha, izquierda.
Termina el cigarrillo, lo tira, lo apaga y continúa.

El Sr. Smith hace su aparición por la otra esquina: maletín en mano, ambo de color gris y sombrero haciendo juego. Circula con paso lento, paso cansino; podría decirse, incluso, apesadumbrado. Éste no es su día; distintas preocupaciones ocupan su mente, varios conflictos sin resolver. Sabe que está llegando tarde, pero eso no le preocupa; una persona tan importante como él debe ser esperado.
Hay otra cosa, es más profunda de lo que puede notarse a simple vista: El Sr. Smith esconde algo bastante oscuro, y en realidad eso ocupa ahora sus pensamientos. Tan distraído, que apenas nota a la señora gorda que está frente a él y la impacta de lleno.
Pedidos de disculpa van, palabras clementes vuelven y la señora se aleja. El hombre bate con sus manos cualquier rastro de polvo y junta los papeles que cayeron del maletín. Mientras, se maldice varias veces. Le cuesta agacharse, varios dolores lo aquejan.
Terminado el pequeño asunto, se dispone a continuar viaje hacia la empresa. El acontecimiento pasado lo distrajo unos segundos pero vuelve a hundirse en pensamientos depresivos.

El hombre del sobretodo negro está cerca de la esquina. Oculta una mano en el abrigo y con la otra detiene al hombre de traje gris, quién lo mira sin comprender. Saca una nueve milímetros con silenciador y mientras dispara a quemarropa dice: Don Arduino le manda saludos.

El Sr. Smith cae, el hombre de negro alcanza la esquina y dobla.

Una muestra más de lo que puede pasar: Uno ya no existe, el otro todavía no terminó su día de trabajo.

1 comentario:

Stanley Kowalski dijo...

Un relato muy interesante, con algunos matices que aportan mucho a la historia. Pasé un buen momento de lectura. Gracias.

BESOTES Y BUEN FINDE!

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