domingo, 17 de enero de 2010

2003/2010


Imposibilitada, la luz se encuentra ausente. Como si alguna entidad entendiera y considerara inoportuna su presencia. Aquella que se llevara algo tan preciado hace sólo unos días. Casi no se percibe sonido alguno. El vacio. Eufemismo atolondrado, encripta para quién lo ignora, su relevancia.

Pocos asistimos al evento. Éteres distantes, ahora inconexos entre sí, pues se ha perdido para siempre la unidad. Lo que animaba nuestros corazones.

Sin entender el por qué, la dolorosa realidad se impone de forma altanera, faltando al respeto que merece su historia. Desaparecida la magia, comprendimos al instante el peso de la consecuente. Ese lugar que ya no podrá ser ocupado.

No hay datos precisos, es casi quimérico seguir el curso de los acontecimientos. Hacía bastante que no se lo veía, tal vez un año o año y medio. Suponíamos, obnubilados por Ate, que todavía se encontraba retirado en las montañas. Tiempo atrás eligió las elevaciones centrales para ubicar su vivienda y allí lo encontré un par de veces. La vida eremita lo satisfacía.

Yo fui el primero en enterarme. Tuve la amarga tarea de darles la noticia a los otros. Fue de casualidad, hilando búsquedas sin propósito en Internet; tal vez el destino me había señalado.

Concordamos, luego de hablar unos minutos, que sería mejor mantener el asunto en la mayor discreción. Tampoco quisimos dejar marca alguna. Nuestra memoria sería el Atlas que sostendría su imagen.

Propuse una pequeña reunión, a modo de despedida, para concentrar nuestro afecto hacia él y recordar sus anécdotas. Sin embargo, el silencio envuelve todo, dificultando materializar mi deseo. Cada uno efectúa una introspección, revisando y tratando de internalizar cada sensación.

Con él partió una parte de mí. Creo que ha sido en el momento oportuno, pues es necesario que agite mis alas y ubique un sendero propio.

Por algo será.

Pero es el momento oportuno.

sábado, 26 de diciembre de 2009

Suspenso


Una tenue luz y naranja se aprecia desde la ventana del Petit Château; a través de ella el panorama de una habitación amplia.
Una fogata consume gruesos maderos dentro de la chimenea grande y antigua. La noche se cierra sobre los terrenos y una luna llena le resta protagonismo a las estrellas.
Varios muebles pueblan el lugar, algunos muy viejos, otros recientes; el estilo es homogéneo.
Un hombre sentado en su sillón que luce cómodo y mullido. La mano derecha se cierne sobre un vaso de whiskey, la izquierda sostiene un habano de Cuba. Ambos vicios se transforman en los placeres de quien los degusta.
Detrás del sillón, una mesa larga y varias sillas en la penumbra. La luz no es suficiente para iluminar tamaño espacio, el contexto es el ideal.
Coronando la boca del hogar, un escudo de armas se impone. Dos leones empuñan sendos mazos, entre ellos, una cruz roja le da el toque distintivo.
Pinturas de distintas épocas cuelgan en las paredes. Tantas, que la habitación sola no puede contenerlas, y algunas se pierden en los pasillos linderos.
A pasos de la mesa, dándole un límite divisor a la habitación, un arco de piedra, carente de puertas. En el centro y apenas notable, el mismo escudo, tallado. Ya al nivel del suelo, a ambos flancos, dos armaduras protegen la entrada; su edad es indescifrable, se podría suponer que pertenecen a los albores de la Edad Media.
Hay un imponente reloj a un lado de la chimenea, con perfección suiza marca las doce de la noche. El hombre, que se hallaba hundido en distintos pensamientos, extrae un reloj del bolsillo y lo compara. Lo corrige y devuelve a su lugar.
Los ruidos pertenecientes a la nocturnidad entran por la ventana. Pisadas o corridas de zorros, pájaros sombríos cantan con tono lúgubre y el viento soplando.
Ninguno parece molestar al hombre, ni distraerlo. Continúa su estado de indiferencia y tal vez de ingenuidad.
Un teléfono suena a la distancia; desganado se levanta a atenderlo. No se mantiene una charla demasiado larga; al rato retorna y se sienta en el sillón, una vez más.
El reloj marca el comienzo de la madrugada y, con ello, el vaso se repone con whiskey.
Bibliotecas repletas de libros esperan ansiosos que elija a alguno. No parece dispuesto a hacerlo. Prefiere quedarse donde está. Hace tiempo ha elegido ese camino, agotado por un existencialismo, tal vez pesimista, bañado de una realidad imposible e inevitable.
La cercanía a la muerte no parece amedrentarlo ni alertarlo. Algunas veces es difícil distinguirla, pero él comprende que aquella finitud se acerca.
El reloj vuelve a sonar, han pasado dos horas. Tiene ganas de irse a dormir pero el vicio lo detiene llenando el vaso nuevamente.
El silencio logra un ruido progresivo e intenso. Ya no se escucha el salvajismo de la naturaleza.
El tic-tac se torna insoportable.
Está cerca de levantarse, la vista comienza a decaer.
El tic-tac continúa aumentando, pero encierra una trampa; el ruido penetrante camufla otro tic-tac. Otro reloj debajo del sillón.



"Imagínese a un hombre sentado en el sofá favorito de su casa. Debajo tiene una bomba a punto de estallar. Él lo ignora, pero el público lo sabe. Eso es el suspenso" Alfred Hitchcock.

sábado, 12 de diciembre de 2009

Dialéctica interior


- Mi mente está en blanco…

- ¿Qué?

- Que mi mente está en blanco, no tengo idea alguna sobre qué escribir.

- Bueno. Eso no es problema, nadie dice que debas escribir ahora. Dejalo para otro momento y listo.

- No, bueno…, no es tan así, necesito escribir algo, aunque sea un par de líneas. Pero no se me ocurre nada.

- ¿Estás seguro? Pensá en algo que te sea familiar.

- ¿Como qué?

- No sé. ¿No sos profesor de literatura acaso? Se supone que en estos cuarenta años algo debés haber leído.

- ¿Me estás pidiendo que me inspire en algo ya escrito?

- Si, por lo menos para empezar.

- Eso es plagio, no me gusta plagiar textos.

- Tu primera novela se trató precisamente de eso.

- Mi primera novela fue una obra exquisita desde cualquier ojo crítico.

- Claro, El Señor de los Anillos no te ayudó.

- No, bueno… Es diferente. Nunca plagié el libro, digamos que la idea general me ayudó para poder escribir.

- Me parece recordar que la mayoría de los personajes no eran, justamente, sólo una idea general como estás diciendo.

- Claro que sí. No me ningunees.

- No te ninguneo, digo que si ya lo hiciste una vez, no veo por qué no lo podes volver a hacer.

- Pero no. No quiero hacer eso. Necesito crear algo diferente.

- ¿Hace mucho que no lees?

- ¿Y qué tiene que ver eso precisamente ahora?

- Un escritor, primero debe ser un lector instruido.

- Y dale con el ninguneo. ¿Me tengo que parar para que veas el título otra vez? O si querés te muestro el Doctorado que hice en Oxford.

- Jajajajaja. Claro y todo eso te sirve para lo que NO estás escribiendo ahora. A mí no. Esas excusas dejáselas a los zoquetes que enseñás.

- Que el nivel de este año sea muy inferior al de los años anteriores no los engloba en la categoría de zoquetes.

- Vamos… ¿Cómo se titulaba ese ensayo que leímos la semana pasada? Decía algo sobre Rusia…

- Era sobre La Guerra y la Paz.

- Jajajajajajaja; sí, cierto, ahora me acuerdo. Bueno, ahí tenés un claro ejemplo de por qué entran en esa categoría.

- Me parece que te equivocás, pero no quiero mantener un debate a esta hora, es demasiado tarde.

- Bueno, pero vos empezaste… no sabías sobre qué escribir y me diste conversación.

- Ya se, ya se. Sólo quería hablar un poco. Esperaba que tal vez me dieras alguna idea.

- Ahhh… la magia del subconsciente, ¿no? Creo que ya te di bastantes ideas en el pasado y desde que empezaste terapia dejaste de consultarme. ¿Ésta es la forma de hacer las paces?

- No. Además nunca estuvimos peleados. Que haya empezado terapia no significa que tenga que pelearme con vos, se trata de todo lo contrario.

- Está bien, está bien. Te estaba jodiendo.

- Mmmm… Mejor me tomo la segunda pastilla. Veo que la primera no hizo mucho efecto.

- Linda forma de terminar la conversación. Pero bueno, ya estoy acostumbrado. Ahora a dormir.

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