martes, 23 de diciembre de 2008

Sorpresas de un regreso.


Finalmente había pasado las agotadoras políticas burocráticas de la aduana y una vez más, continuaba mi camino hacia la sala común del aeropuerto. Aquella gigantesca área que aglutina gente de todos los puntos cardinales, el mejor ejemplo de lo que podría haber sido uno de los pisos de la Torre de Babel.
Llego a la salida de la rama por donde se ubican los arribos y observo la cantidad de personas que se encuentran del otro lado de la pared que separa a los que llegan de los que esperan. El número no me sorprende, comúnmente se suele juntar tal cantidad, pero con una salvedad: esta vez, yo no soy el que recibe al que llega.
En mis acumulados viajes a éste aeropuerto, muy raras veces fue para emprender una travesía o culminarla. Por lo tanto, internamente me sentía bastante satisfecho y era imposible dejar de notar como brillaba mi rostro. Llegaba al país de incógnito, por lo que nadie me aguardaba con mi apellido escrito en un cartel. Una vez en la sala común y habiendo conseguido el dichoso carrito para transportar mi equipaje, me dispuse a buscar algún taxi que me dejara en mi destino.
Luego de casi una hora de viaje, llegué a lo que en algún momento de mi vida, había sido mi casa. Todavía conservaba la llave y no habían cambiado la cerradura, por lo que pude entrar. Abrí la puerta y pude notar que alguien se había encargado de limpiar todo de vez en cuando. Debo decir que no esperaba eso, francamente creía que iba a estar tal cual lo dejé al irme; hecho un desastre. No tardé mucho en volver a salir, a lo sumo habré estado 45 minutos en la casa, lo suficiente para bañarme y cambiarme de ropa. Mi moto seguía en el garaje, cubierta por una manta, le di encendido y salí a las calles, con un nuevo destino resonando en mi cabeza. Mientras transitaba velozmente reparé en los cambios que habían alcanzado al familiar recorrido. Muchos negocios habían desaparecido, generando espacio para los nuevos, pero algunos se habían mantenido con vida, generándome varios recuerdos. El viejo barrio era lo único que no había sido tocado por el tiempo y yo esperaba que todo siguiera igual. Subí a la vereda y frené frente a una puerta enrejada, que daba a una entrada muy conocida por mis sentidos. Caminé hacia ella y toqué el portero. En verdad no fue todo tan sencillo, debo haber estado una media hora meditando mis posibilidades, y debo reconocer que antes de tocar el portero seguía sin estar muy seguro de lo que estaba haciendo.
Una voz acudió a mi llamado preguntándome quién era, conteste presentándome, mientras notaba como el nerviosismo hacían que mis manos temblaran más de lo que normalmente lo hacen.
La puerta de la casa se abrió y una figura se quedó frente a la puerta enrejada, sin abrirla. Había crecido un poco, modificando su línea sensiblemente, pero sus ojos seguían siendo los mismos y me hundí en ellos, por no sé cuánto tiempo.
No me di cuenta de cómo se dieron las cosas, yo seguía embobado mirándola, pero en algún momento la reja se abrió y volví a sentir su cuerpo pegado al mío. Dirigí mis labios a los suyos mientras olía ese maravilloso aroma que emanaba de ella como si fuese una flor. Pero sentí algo diferente mientras la besaba, algo que no había sentido antes pero en ese momento, con todo lo que pasaba por mi cabeza, no le presté atención.
Su mano tomó la mía y pronto estuve dentro de la casa; rápidamente la cruzamos y nos dirigimos a su habitación y la puerta se cerró a mis espaldas.
Podía notar la luz de la Luna a través de la ventana, habían pasado varias horas y todavía estaba recostado en su cama, con su cuerpo dormitando a mi lado. Hacía memoria de todo lo que había pasado hasta ese momento. De algunas cosas estaba arrepentido, aunque con los años había aprendido a no vivir del pasado. Pero estando donde me encontraba, no podía evitar sentirme algo nostálgico. Evidentemente no podía auto engañarme, sabía que esa situación no tenía mucha más esperanza, pero mientras tanto, disfrutaba todo lo que podía.
Al día siguiente su mano me condujo hacia la salida, saqué la moto de la entrada y la conduje a la vereda. Esta vez la reja no se interpuso entre nuestros ojos y una vez más me hundí en ese mar amarronado.
- Nunca dejé de amarte- me dijo a la vez que una lagrima cruzaba su hermoso rostro.- Y creo que nunca lo podré hacer-. Quedé estupefacto ante tal declaración; rodee su cuello con mis brazos y volví a besarla. Una vez más, aquella extraña sensación del día anterior volvía a aparecer, pero ésta vez comencé a comprender.
El beso se terminó pero no podía soltarla, con los últimos momentos abrí mi corazón y le dije todo lo que sentía por ella.
Su sonrisa me despidió mientras subía a la moto y me marchaba. En el viaje de regreso, entendí que era eso diferente que había sentido y supe que ella también había llegado a la misma conclusión. Era el sabor del adiós.



For my sweet love. Allways so shiny, allways so warm.

miércoles, 8 de octubre de 2008

Crónicas de una ida y una vuelta: Capítulo IX y final.


Los últimos tres días habían sido los peores en la vida de Harry; Aurors recorriendo toda su casa y la Madriguera en busca de pistas, los entierros de los miembros de su familia y especialmente, el del amor de su vida. Hasta ahora, no habían encontrado nada; lo único que sabían a ciencia cierta era que a los Weasley la muerte se los había llevado rápidamente. Por otra parte, los niños no recordaban nada de lo sucedido antes de que los aturdieran, ya era demasiado duro para ellos saber que crecerían casi sin familia.

Los tres amigos se encontraban en la cocina de la Madriguera, cada uno sentado a la mesa. Hermione abrazaba a Ron, quien lloraba con el rostro hundido en el hombro de su amada. Harry miraba hacia la nada, concentrado en comprender por qué había pasado todo esto; una vez más, la fatalidad teñía su vida.
Minutos atrás les había relatado lo que Dumbledore le había contado años atrás, esto generó que Ron se indignara con él y estuviese muy cerca de echarle una maldición.
-No puede ser que nunca nos hayas contado esto, a veces puedes llegar a ser un imbécil –le dijo Ron agarrándolo de la ropa y levantando el puño para golpearlo. Pero en ese momento, Hermine actuó deteniendo al pelirrojo.
Harry no le dijo nada, a duras penas había podido contarles lo que había guardado tantos años, pero desde la muerte de Ginny ya no hablaba y se quedaba horas enteras, sentado sin hacer nada, culpándose silenciosamente una y otra vez.
Fue entonces que Hermione habló y lo hizo volviendo a mostrarse dura y racional.
-Si Dumbledore estaba en lo cierto -le dijo mirándolo directamente a los ojos-, mañana tendrás que ir a Hogwarts.
Harry tardó en contestar, la Madriguera ya no le transmitía esa paz y felicidad que sentía cuando era niño. Ahora, el pensar que había sido el hogar de Ginny durante tantos años, lo destrozaba y sentía que ya no pertenecía a ningún lado, salvo al viejo Castillo.
-Mañana temprano iré -. Dijo finalmente.
-Te acompañaremos -. Dijo Ron levantando la vista y mirándolo fijamente.
-Está bien -. Dijo Harry. Aunque sentía en lo profundo de su ser que debía ir solo al Colegio, pero sabía que la situación también concernía a Ron.

Fue el cumpleaños más miserable de su vida, superando incluso a los padecidos antes de enterarse que era un mago. Apenas pudo dormir y se la pasó llorando toda la noche, acariciando el lado de la cama que ocupara Ginny.
A la mañana se despidió silenciosamente de sus hijos. Fue un adiós muy duro y le costó una gran fuerza de voluntad, aunque no los despertó, solo besó sus frentes.
Se vistió con las túnicas que usara en Hogwarts, todavía le entraban cómodamente y de todas las que poseía eran las que más le gustaban, dado a que le recordaban viejos tiempos y todas las grandes aventuras que había vivido.
Se apareció en la entrada al Castillo, aquella por la que muchos años atrás huyeran Snape y Draco. Qué lejos le parecía todo lo que había ocurrido en esos tiempos y ahora, volvía a ese lugar sufriendo la misma sensación de pérdida que en esa fatídica noche; aunque en estos momentos, la punzada era mucho más aguda.
El día era hermoso, no había ninguna nube en el cielo y el calor del sol comenzaba a sentirse; el clima parecía burlarse de él. Sus dos amigos ya lo estaban esperando. A pesar de los reproches de Hermione, habían decidido resolver todo sin la ayuda de nadie. Por lo tanto, ninguno de los miembros del Departamento de Arurors se enteraría de lo sucedido.
-Ya abrimos la reja –dijo Hermione.
-Bien –dijo Harry sacando su varita del bolsillo-, entremos.
Los tres ingresaron en los terrenos. Fue una caminata muy larga hasta la puerta del Castillo y mientras duró, no advirtieron nada extraño, salvo que todo se encontraba bajo un silencio sepulcral. Parecía que el Bosque Prohibido no tenía vida, ningún tipo de animal se asomaba para observarlos, ni siquiera el viento soplaba moviendo las copas de los árboles. A lo lejos vieron el lago y la tumba blanca, a Harry se le hizo un nudo en la garganta. La cabaña que en otros años había pertenecido a Hagrid, se encontraba completamente cerrada, al igual que la gran puerta principal.
A pesar de la información brindada por Dumbledore, nadie los estaba esperando.

Toda la quietud se hacía cada vez mas insoportable, Harry sentía la necesidad de decir cualquier cosa con tal de escuchar un sonido, pero algo no lo estaba dejando.
Esperaron unos minutos en forma callada, nadie apareció. Sin embargo, Harry sentía que lo estaban observando desde que se había aparecido.
-Ingresemos al Castillo –comenzó a decir Hermione-, podríamos esperar mas tranquilamente…- Pero no pudo terminar de proponer lo que quería, un haz de luz verde la envolvió y su cuerpo cayó al suelo.
-¡¡Hermione!! – Gritó Ron y se agachó abrazando el cuerpo de su mujer - ¡Maldito hijo de puta! –Dijo mirando en la dirección que había venido el rayo, mientras tomaba su varita entre las manos. Harry se había quedado estupefacto.
-¡Avada Ke...! –Gritó el pelirrojo, pero no alcanzó a convocar la maldición, porque un chorro de luz blanca lo golpeó de lleno y lo hizo volar hacia atrás, desintegrándolo por completo.
-¡¡Ron!! –Gritó esta vez Harry -¿¡Que demonios!? –Dijo mirando hacia todos lados, intentando distinguir quienes los había atacado. A unos treinta metros de donde se encontraba, un mago alto y delgado venía caminando hacia él; la barba y los cabellos le llegaban a la cintura, vestía túnicas rojas y negras y ocultaba las manos en su espalda.

Harry hizo ademán de levantar su varita y responder al ataque, pero a pesar de que la rabia y el dolor fluían en ese momento por todo su cuerpo, decidió esperar a ver que sucedía. Hacía tiempo había entendido que sus emociones no lo ayudarían en un duelo.
-¡Vaya, vaya! -exclamó el mago mientras se acercaba- el gran Harry Potter en persona. Por cierto, feliz cumpleaños -. Dijo sonriendo.
Harry le lanzaba dagas a través de sus ojos color verde. -¿Quién rayos eres? –Escupió con rabia.
-Me llamo Henry -. Dijo el mago sin dejar de sonreír-. Y como creo habrás descifrado, soy quien te citó en este hermoso lugar -. Dijo en tono burlón.
-Con el propósito de asesinarme… –dijo Harry, quien finalmente comprendía la verdad.
Henry solo respondió con una carcajada.- He esperado este momento durante muchos años Harry-.Dijo.
-Pagarás por lo que me has hecho- dijo Harry.
-Eso –contestó Henry irónicamente-, me lo han dicho varias veces -.

Rápidamente Harry levantó su varita y una maldición asesina salió de ella. Henry se movió con una velocidad sorprendente y la maldición se perdió en los terrenos. Varios haces de luz verde continuaron saliendo de la varita de Harry, pero ninguna dio en el blanco.
Henry apuntó con su varita hacia Harry acompañándola con un movimiento de su muñeca, pero ningún tipo de rayo salió de ella. Su adversario volvió a atacarlo con un ‘Avada Kedavra’, pero éste reboto contra una especie de escudo invisible que rodeaba al mago. Harry se quedó muy sorprendido.
-Eso es imposible, no existe conjuro para bloquear la maldición asesina – dijo, pero en ningún momento bajó la guardia.
-Nada es imposible en el universo de la magia, Harry – le dijo Henry- ¿Te preguntarás para que te traje hoy aquí? Bueno, pase gran parte de los últimos años observándote muy de cerca, al igual que a tu familia, esperando el momento correcto…-
-¿Por qué los mataste, maldito? –le preguntó.
-Porque quería que sufrieras, y puedo notar que lo he logrado. Si, no hace falta que preguntes, se Legeremancia –dijo Henry ante una mueca de Harry.
-Pero ¿Con que necesidad? ¿Qué te he hecho? – preguntó nuevamente.
-¿En verdad creíste que el vencer a Lord Voldemort no traería alguna consecuencia negativa? El bien no siempre triunfa, Harry. Estoy cansado de que suceda eso –dijo Henry-.

Harry lanzó otro haz de luz verde, las palabras de Henry le habían recordado por que estaba tan furioso. Pero otra vez, la maldición asesina fue bloqueada por el escudo de Henry. Harry buscaba en su mente algún tipo de ataque, pero no se le ocurría ninguno y mientras tanto, Henry continuaba la charla.
-Durante algún tiempo intenté comprender por qué habías ganado –dijo-, buscando entre datos, crónicas y relatos, llegué a la conclusión de que ganaste por un combo de suerte y estupidez. La suerte te acompañó durante todos esos años en Hogwarts y luego en la búsqueda de los Horcruxes. La estupidez… Bueno, Lord Voldemort demostró ser menos inteligente de lo que algunos suponían –dijo sacudiendo la cabeza-. Fue el mago oscuro más poderoso de todos los tiempos y no pudo con un simple estudiante inexperto. No se debe subestimar a la gente.
-Exactamente –dijo Harry-, y él pagó ese precio con la muerte que tanto temía. Así que por eso en realidad estas aquí, para vengarte de mí.
-No seas tan soberbio, Harry –dijo Henry-. No todo pasa por tu persona. Como ya te explique anteriormente, estoy aquí para demostrarte que los finales felices no existen. No soy ningún mortifago o algún loco admirador de Voldemort. Solo te enseñaré que la vida puede darte esta clase de sorpresas y que no deberías haberte confiado tanto -. Dijo y comenzó a reír.

Harry volvió a pensar en Ginny, como aquella noche en el Bosque Prohibido momentos antes de recibir el segundo ‘Avada Kedavra’ de Lord Voldemort. Henry sabía lo que había logrado con lo que le había dicho y aprovechó ese momento de distracción en el Elegido para lanzar su primer ataque. Movió velozmente su varita apuntando a uno de los árboles y, ante el estupor de Harry, uno de los árboles cobró vida. Tardó un poco en sacar las raíces de la tierra, pero ni bien estuvo libre del todo, se dirigió hacia donde estaba parado Harry, moviendo sus ramas para intentar golpearlo. El mago respondió con varias maldiciones que tocaban el tronco sin dejarle grandes daños; pero una de ellas logró incendiarlo y mientras tanto (gracias a sus reflejos de Auror y de ex jugador de Quidditch) esquivaba cada golpe lanzado por el árbol. Hasta que finalmente, con el encantamiento “Incendio” logró consumirlo bastante como para que se derrumbara por completo y no se volviera a levantar.

Henry se había contentado con observar la escena y reía mientras Harry se defendía.
-Te defendiste bastante bien –dijo socarronamente.
Harry no contestó, solo alzó su varita nuevamente y continuó su ataque hacia Henry. Era notable su estado físico y mágico, cualquier otra persona hubiese estado pidiendo tiempo fuera luego de quince minutos del ritmo que ambos mantenían. Pero con cada minuto que pasaba, Harry se iba agotando; pelear en los terrenos de Hogwarts era algo complejo dado a que no se podía aparecer o desaparecer a gusto, por lo tanto había que utilizar la resistencia física. Esto Henry lo sabía muy bien y cuando planeó todo, eligió el colegio por esa razón: representaría un obstáculo tanto para él como para el otro.
Una y otra vez, Harry atacaba lanzado maldición tras maldición, pero Henry solo esquivaba o bloqueaba los hechizos utilizando Legeremancia.
-¿No te cansas de fallar una y otra vez Harry? –Preguntó Henry-. ¿Por qué no admites que nunca fuiste tan extraordinario como se cuenta por allí? Sabes, todos hablan muy bien de ti, creen que eres un gran mago por haber logrado vencer al bobo de Voldemort. ¡Y lo hiciste con un Expelliarmus, por dios! ¿Qué clase de mago gana un duelo a muerte con un hechizo desarmador? -.
-Nunca me gustó matar –contestó Harry.
-Y por eso ahora no me estas lanzando maldiciones asesinas. Yo creo que la suerte con la que contaste durante todos esos años fue una exageración. No tiene otra explicación; y de no ser por tu amiguita –dijo Henry señalando el cadáver de Hermione-, tampoco hubieses logrado eliminar ningún Horcrux.
-¿Y eso de que importa? Logré lo que quería y mucho más. –Dijo Harry cada vez más enojado.
Henry comenzó a reír nuevamente. – ¡Y ahora lo has perdido todo! Gente como tú no merece todo lo que disfrutaste durante estos años, solo merece ser exterminada. –Dijo Henry y lanzo una seguidilla de maldiciones que obligaron a Harry a retroceder hasta las puertas mismas del Castillo mientras se defendía a penosamente.

En el momento más crítico de la batalla, ante una distracción de Harry debido a las palabras desconcertantes de Henry, el mago contraatacó velozmente con una maldición “Cruciatus”, tomando por sorpresa al Elegido, que cayó estrepitosamente al suelo, retorciéndose de dolor. La varita le había volado de las manos y con ella toda posibilidad de respuesta, el duelo había terminado.
-¡¡Crucio!! –volvió a gritar Henry. Se acercó lentamente a donde se encontraba el otro mago y bajó su varita, observando como Harry se convulsionaba.
-Todo acto, querido Harry, genera consecuencias. ¿Creíste que el Mundo Mágico se concentraba en Europa solamente? ¿Creíste que tus acciones no iban a ser advertidas por alguien? Todos se equivocaron –dijo-. Dumbledore tenía razón, hay peores cosas que la muerte y tu eres un claro ejemplo, espiritualmente estas acabado y la continuidad de tu vida ya es insostenible. Solo me queda por decirte que hoy comienza una nueva era. Adiós.
Harry no dijo nada, pero antes de desmayarse miro unos segundos a su vencedor.

Cuatro palabras llenaron los terrenos de Hogwarts. Para cuando todo pasó y Henry levantó la vista, no quedaba casi nada. El Castillo estaba parcialmente en ruinas, la tumba blanca había sido desintegrada y junto con ella, la “Elder Wand” también.

-Jaque Mate –dijo Henry y luego desapareció.



Fin.

domingo, 29 de junio de 2008

Crónicas de una ida y una vuelta: Capítulo VIII


No se escuchaba sonido alguno, el silencio reinaba en la oscura habitación. De repente, se sintió una corriente de aire y con el movimiento de sus largas túnicas, los dos amigos pisaron el suelo. Una vez terminada su aventura en el tiempo, volvieron a su época; el departamento de Tommy lucía como lo habían dejado minutos atrás (aunque para ellos había pasado casi un mes); Henry ni siquiera se sentó a descansar, todavía llevaba su bolso de viaje sobre el hombro. Tommy se despojó de sus atavíos y se recostó a lo largo del sofá más próximo a él.

- Bueno mi amigo, aquí me despido. No hace falta que te levantes – dijo Henry ante el gesto de su amigo.
- ¿Hacia donde vas?- le preguntó
- Primero a mi departamento, necesito dejar mis cosas y cambiarme, las túnicas apestan- le contestó Henry.
- Está bien, yo me voy a quedar durmiendo un rato, estoy demasiado cansado- le dijo Tommy.
- Que así sea compañero, hasta que nuestros caminos se vuelvan a cruzar, cuídate- dijo Henry y desapareció sin emitir sonido alguno.

Los años pasaron bastante rápido para los dos jóvenes magos. Henry volvió a ver a su viejo amigo varias veces al año siguiente; luego las visitas se interrumpieron un tiempo. Pasados cinco años volvieron a verse en la reunión de ex alumnos del Instituto de Cultura Mágica, con el gran revuelo que generó la aparición de Henry. Pasaron otro tiempo sin verse muy seguido; en ocasiones el mago aparecía por la noche en el hogar de Tommy en North Hood, y desaparecía a la mañana temprano.
Henry reapareció finalmente, luego de una larga ausencia, una mañana de Julio. Los rayos del sol calentaban el frío despacho de Tommy, estaba sentado espaldas a la puerta, mirando la ciudad a través del hermoso ventanal. Un suave “pop” se oyó detrás de él y cuando se volvió para observar quien osaba aparecerse de manera tan grosera, quedo boquiabierto.
Vestido con una túnica negra que le cubría el cuerpo por completo, las barbas y cabellos largos hasta la cintura y fumando de su pipa de saúco, su viejo amigo Henry lo miraba dedicándole una sonrisa.

- ¡Tanto tiempo!- dijo Tommy y parándose fue a su encuentro y le dio un abrazo. – Si que has cambiado- observó.
- Ñañas de la edad- dijo Henry riendo- Vos no cambiaste en nada- le dijo a su amigo observándolo de pies a cabeza.

Tommy le pidió noticias sobre él y lo que había hecho durante estos años, pronto estuvieron charlando hasta largas horas de la noche. Así, Henry se enteró de que su amigo no había estado ocioso, tan pronto volvió de Inglaterra, se metió en el Ministerio y gracias a sus cualidades, había escalado posiciones y ahora era el Jefe del Departamento de Justicia. A su vez, Henry le contó parte de sus viajes, había vuelto a recorrer Europa y había logrado aprender algunas cosas más, aunque el decía que eran “los trucos de siempre” pero se notaba que su aura y poder mágico habían crecido notablemente.

- Supongo que imaginarás por que estoy aquí- le dijo Henry mientras tomaba un poco de té.
- Es por el viejo asunto “Potter” ¿Verdad?- preguntó Tommy.
- ¡Exacto!- exclamó Henry- A fin de este mes se cumple el plazo que le dimos a Harry para que se preparara-
- Cierto- dijo Tommy cayendo en la cuenta- Que rápido pasa el tiempo-
- Volando- agregó Henry-, y te voy a contar algo que te va a gustar. Todo este tiempo, no descuidé el asunto ni un segundo, me ocupe de observar su vida. Actualmente es el Jefe del Departamento de Aurors del Ministerio ingles, y vive con su esposa e hijos en Grimmauld Place-
- Predecible- interrumpió Tommy
- Aja- afirmó Henry-, dos de sus hijos ya están en Hogwarts y en cuanto a Ron y Hermione, ambos viven en un departamento del Londres mágico-
- Bien, parece que todo está preparado entonces- dijo Tommy -¿Cuándo nos vamos?- preguntó.
- Ya- dijo Henry sonriendo, desapareció de la silla donde estaba, reapareció al lado de Tommy, lo tomó del brazo y volvió a desaparecer.

*
Diagon Alley se encontraba en el mismo esplendor de las épocas previas a la guerra contra Lord Voldemort. Cientos de negocios florecían por todas partes, y a diferencia de tiempos pasados, la oscuridad no amenazaba con retornar.
A pesar de que no había tantos compradores en potencia colmando las calles, un buen número recorría los negocios. Muchos eran extranjeros y otros eran padres que hacían algunas compras para evitar la locura previa al primero de Septiembre.
El comercio de los gemelos Weasley era una parada obligada para cualquiera que caminara por el lugar, sobre todo los niños, que eran atraídos como por un imán.
George había llevado el negocio adelante, luego de la dolorosa muerte de Fred; y aunque al principio no quería saber nada, la ayuda del pequeño Ron fue de gran provecho. Éste último ya casi no trabajaba en la tienda, estaba muy ocupado con su amigo Harry en el Departamento de Aurors, pero de vez en cuando pasaba y le daba una mano al gemelo.
George había ampliado considerablemente al local, unos años atrás había comprado los locales con los que limitaba el suyo y de esta forma se había transformado en el negocio de ventas más grande del lugar.
Eran alrededor de las cuatro de la tarde y el último comprador salía con las manos repletas, George bastante satisfecho consigo mismo, cerró la puerta de entrada.

- Verity- gritó-, voy a recostarme un rato, estoy algo cansado- y diciendo esto se disponía a subir al altillo donde vivía, cuando la campana de recepción sonó repentinamente. Pero al darse vuelta para ver quién había entrado, lo único que pudo advertir fue un destello verde y la luz se apagó.
Momentos después, un grito de horror se oyó en todo Diagon Alley.

*
Harry Potter apareció de repente en la puerta de la tienda de los hermanos Weasley. Todavía no lo podía creer, la noticia le cayó como un balde de agua helada. Una docena de Aurors iban y venían por el lugar, tomando notas para las pericias. Harry ingresó y observó de lado a lado el local; todo estaba en perfecto orden, nada roto o desparramado, no había ninguna señal de lucha. Se acercó al mostrador, el dinero todavía estaba en la caja, y a los pies de la escalera, el cuerpo de un hombre de cabellos rojos yacía boca arriba. A su lado otro pelirrojo abrazaba su cabeza y las lágrimas caían por sus mejillas.
- Lo siento mucho, Ron- dijo Harry.
Ron Weasley alzó su mirada, tenía los ojos inyectados de sangre. – ¿Por qué?- fue lo único que le dijo, Harry no contestó.
La noticia seguramente destrozaría a la Sra. Weasley; ya había perdido a uno de sus hijos en el pasado. Harry sabía que no podía hacer mucho, por lo tanto ni bien se llevaron el cuerpo de George al Ministerio, habló seriamente con su amigo.
- Deberíamos contarle a tu madre, Ron- le dijo.
- Tienes razón, mejor ahora que esperar a que se entere de otra forma- dijo Ron pesadamente.
Harry le puso una mano en el hombro y lo observó largamente. – Atraparemos al hijo de puta que hizo esto- le dijo a su amigo. Ron solo lo miró y asintió.

Se aparecieron a unos metros de la entrada a la Madriguera; la casa que se sostenía por arte de magia y que tanto amaba Harry, se veía pacífica. Los amigos tardaron en dar el primer paso hacia la casa, estaban como clavados en la tierra y no emitían sonido alguno. De repente un “pop” se escuchó a sus espaldas, se dieron vuelta rápidamente, y una mujer de cabellos castaños y enmarañados abrazó fuertemente al pelirrojo.

- ¡¡Oh, Ron!!- dijo Hermione llorando – No puedo creerlo…-
- Yo tampoco `Mione, todavía no caigo- le decía su mejor amigo a su mujer, sin romper el abrazo - ¿Qué hiciste con los niños?- le preguntó.
- Los dejé con sus primos, en Grimmauld Place- contestó Hermione sin parar de sollozar.
- ¿Ginny se enteró? ¿Por qué no está aquí?- Preguntó Harry algo nervioso, rompiendo el silencio por primera vez desde la llegada de su amiga.
- Ginny no estaba, supongo que todavía no volvió del trabajo- le dijo Hermione sin soltar a Ron.
- Cierto- dijo Harry-, luego de contarle a Molly iré a buscarla-
- Vamos- dijo Ron y pasándole el brazo por la espalda a su mujer, se dirigió a la puerta de la cocina.

Harry se quedó detrás de ellos, no manejaba muy bien esta clase de momentos, por eso prefería entrar una vez todo estuviese dicho. Y todavía no sabía que como se lo diría a su amada Ginny.
De repente, dos terribles gritos llegaron del interior de la casa, interrumpiendo sus pensamientos; con la varita en mano y veloz como un rayo entró en la casa de los Weasley, pero el horror lo golpeó con puños de acero:
Ron estaba arrodillado en el suelo y tenía la cara cubierta por sus manos, Hermione miraba hacia él y lloraba sin contenerse. Harry quedo estupefacto, en la mesa de la cocina y todavía sin terminar sus platos, se encontraban los cuerpos sin vida de Molly, Arthur, Percy y Bill. Apartó rápidamente la vista de ese espectáculo macabro y se desplomó en el suelo, llorando; golpeaba el piso con sus manos, lastimándose con cada puñetazo, pero en ese momento no sentía dolor físico.
Fue entre golpe y golpe que recordó algo; unos años atrás, Dumbledore le había contado algo en la noche de su cumpleaños número veinte. Algo que en ese momento le había parecido muy extraño, pero no le había dado la importancia suficiente.
Había ido a visitar a su viejo amigo y mentor para charlar un rato con él. Pero Dumbledore lo recibió de forma rara y no se notaba su humor característico; le había hecho rememorar su charla luego de la muerte de Sirius.

- La noche de la batalla con Lord Voldemort- comenzó a contarle el anciano ex director-, vinieron a este despacho dos jóvenes magos. Al principio se mostraron muy corteses y me contaron que habían venido al país para visitarlo y conocerme personalmente. Muy atípico me pareció en verdad, pero continuamos la charla. Sabían que se estaba desarrollando la batalla, pero no querían participar, me dijeron que no era su intención. Pero lo que me revelaron a continuación, me dejo estupefacto (si Harry, con todo lo que eso pueda significar para ti), sabían que ibas a ganar. Yo lo suponía, dado al tiempo que conocía a Lord Voldemort y lo que ya te había contado sobre la conexión que mantenían los dos, pero no estaba cien por ciento seguro. Y no solo esto, sino que me dijeron que te matarían, lo más confuso de todo, querido Harry, es que me dieron una fecha para que te encontraras con ellos: el día de tu cumpleaños 38…-
- ¿Cómo?- dijo Harry sorprendido.
- Es todo lo que se, porque luego de decirme estas palabras cerraron el marco de esta pintura por arte de magia- dijo Dumbledore amargamente.
Minutos de silencio siguieron luego de las palabras del anciano, ambos lucían pensativos.
- ¿Qué piensa que debería hacer?- dijo Harry-.
- Prepararte lo mejor que puedas, querido muchacho-.

En verdad, lo que Dumbledore le había contado, le parecía la amenaza de dos Mortifagos chiflados. Harry confiaba en que al haber encerrado a todos los seguidores de Voldemort, que habían quedado en libertad, jamás pasaría lo que Dumbledore le había advertido. Pero la vanidad es el pecado favorito del Diablo y mientras mas grande uno se cree, mas ruido hace al caer.

*
Se levanto del suelo de la cocina y no sabía por que, pero sentía muy adentro de él que algo malo estaba por suceder. Fue entonces cuando pensó en su Ginny; imaginando lo peor y raudo como el viento, desapareció de la “Madriguera” y llegó a la entrada de su casa en el número doce de Grimmauld Place.
Su miedo creció al notar que la puerta estaba abierta; corriendo atravesó el vestíbulo y llegó al living. Se detuvo de repente, por un segundo se quedó sin aire y empalideció completamente; había encontrado los cuerpos de sus hijos y los de Ron, desplomados frente a la chimenea. Llorando los contempló unos instantes, pero entonces el alma le volvió al cuerpo: los niños seguían respirando, solo habían sido aturdidos.
‘Ginny’ pensó y luego grito con todas sus fuerzas – ¡¡Ginny!!
No hubo respuesta. Corrió hacia su habitación, la misma sensación que había tenido en la cocina de los Weasley le decía que debía ir hacia allí. Llegó a la puerta y la encontró cerrada, sin dudarlo un segundo, la hizo volar con un encantamiento y entonces entró y la vio: tendida sobre su cama matrimonial, los largos cabellos colorados cubriendo su rostro angelical. Harry se acerco y la observó, pero ella ya no estaba en la habitación, se había marchado para nunca regresar. Se arrodillo, tomó su cuerpo entre sus brazos y lloró.

*
Golpearon la puerta del Departamento de Aurors. Uno de los que estaban de guardia abrió la puerta, un mago vestido con túnicas violetas estaba parado en la entrada.

- Los horarios de atención son...- comenzó a explicar el joven Auror, acostumbrado a la visita de gente fuera de horario, pero el mago del otro lado levantó la mano.
- Nada de eso- dijo-, vengo a declararme culpable por la muerte de George Weasley-.

El guardia quedo estupefacto y no dijo nada, las palabras lo habían abandonado. Quien había golpeado la puerta ingresó en el Departamento, se sentó frente a uno de los escritorios y tomó una postura relajada. Otros integrantes de la oficina aparecieron y observaron la escena, luego de unos segundos, uno de ellos le habló al que todavía estaba en la puerta.
- ¿Qué pasa?-
- Este hombre viene a declararse culpable por el asesinato de George Weasley- dijo señalando al mago sentado, quien esbozaba una sonrisa. Acto seguido, lo tomaron y lo encerraron en la sala de declaraciones; previamente lo despojaron de su varita y confirmaron lo que decida: efectivamente era el asesino.
- ¿Por qué se entregó, sabe lo que le espera, o no?- le preguntó uno de los Aurors encargados de interrogarlo. Más o menos había una veintena de ellos en la habitación, formaban un círculo cuyo centro era ocupado por el asesino, sentado en una silla de acero.
- Francamente- dijo el mago relajadamente-, lo hice porque si esperaba a que ustedes consiguieran atraparme, me iba a poner demasiado viejo-.
- Bien- dijo quien lo interrogaba, bastante molesto por el tono burlón del otro-, con que tenemos a un mago asesino y bastante engreído ¿Cuál es su nombre, y qué hace en el país?- le preguntó, en realidad, le ordenó contestar.
- Cuatro palabras- contestó el mago sin dejar de sonreír.
- ¿Cuatro palabras?- preguntó el Auror, muy sorprendido.
- Si- afirmo el mago. Sin esperar otra pregunta, chasqueó los dedos de su mano derecha y, ante el estupor de los demás, la varita se materializo en su mano.
Rápidamente, el mago se levantó de la silla, y mientras los Aurors se apuraban por tomar sus varitas y apuntarlo, él dirigió la suya al suelo.
- ¡Exevo gran mas vis!- dijo antes que todos.
Una cegadora luz blanca llenó la habitación y no se pudo ver nada más.

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