sábado, 18 de marzo de 2017

Apuntes

No siempre fue todo tan oscuro como ahora, no, mis días solían ser más normales; días donde el sol iluminaba más mi rostro, donde mis sentidos eran bañados por sensaciones que inevitablemente están asociados a esa clase de días: días felices. Es difícil de explicar, porque el pensamiento no suele tener la misma fuerza una vez pasado al papel, pero a pesar de todo a veces siguen apareciendo esos días.
Desde la muerte de Trístan que la realidad se fue opacando lentamente. Al principio no fue sencillo aceptar que había sido yo quién había apagado su luz, no en vano fue mi amigo durante tantos años, pero de a poco pude aceptar lo que había hecho. En el fondo tampoco me sentía muy culpable, debo reconocer que a veces me gusta hundirme en mi propia conmiseración, creo que es para llamar la atención de los que me rodean. Pero divago, estaba hablando de Trístan.

Su muerte abrió las puertas por completo, no existía rival que me pudiera detener en todo el Reino del Norte. Astargos había sido aniquilado hacía años, en la Guerra del Mago, la subsiguiente matanza entre los aliados y sus huestes se extendieron más de lo pensado, pero los aplastamos. Trístan y yo a la cabeza del Ejército Verde. ¡Ah! Todavía veo el color de los estandartes. Nos costó, pero conseguimos lo que nos habíamos propuesto desde niños. Cómo decía, ya no había quién pudiera detenerme luego de su muerte. Confieso que sentí un gran alivio, temía la hora en que nuestras espadas fueran a cruzarse y si bien mis obras habían llamado su atención, no fue hasta que esos malditos pueblerinos lo convocaron que decidió enfrentarme. Trístan me quería demasiado, habíamos sido como hermanos desde muy pequeños, ese fue su mayor error. Yo lo quería, eh! Claro que lo quería, pero no tanto como me quiero a mi mismo. Pedirle a un ser como yo que observe un poco más allá de su ombligo es una tarea quimérica.
Las puertas del Reino se me abrieron y tomé posesión del Trono del Mago. La culpa me acompaño un tiempo. Los atardeceres de Nordenland siguen haciéndome compañía. Allí suelo despejarme de las obligaciones diarias. Son esos momentos los que me hacen sentir normal, aunque sea por unos pocos instantes. El aire del Gran Mar tiene ese efecto. De otra forma, el resto de mis tiempos son fríos, fríos y opacos. Mi corazón es cada vez más oscuro, tampoco fue muy luminoso antes, pero las responsabilidades de un gobernante logran eso, enfriarte. Convivir con la posible traición, los conciliábulos interminables, las intrigas palaciegas… A veces me dan ganas de exterminarlos a todos los que me rodean. Desenfundar mi espada y deshacerme de toda esa gentuza inferior. Pero no puedo. Se ocupan de tareas que de otra forma serían incumplidas y yo tengo tanto por conquistar.
A veces la gente cree que ser un tirano es fácil, que reprimir cualquier atisbo de felicidad en tus súbditos es un acto que se puede realizar sin pensar. No, no es así. Se necesita talento, talento y habilidad, porque si no fuera por eso, todos serían tiranos. ¡Ja! Cómo me hacen reír. Ya sé que están preparando una rebelión. Es completamente inútil, pero a la vez necesaria e inevitable. No se puede dominar con puño de hierro y esperar que nadie intente asesinarte. Por mucho menos nos levantamos con Trístan en contra del Mago Astargos. Qué tiempos aquellos. Recuerdo cuando me enfrenté cara a cara con él, siempre tendré grabada su última expresión facial, cuando lo atravesé, no podía creer que alguien además de él pudiera dominar las Artes Esotéricas, aunque, debo admitir, lo que hago es discutible. Trístan no paró de preguntarme cómo lo había logrado. Maldito Liceño, a veces no se callaba durante horas.

Suelo pensar en desaparecer, retirarme al desierto como lo hice hace años. Tanta palabrería me cansa. Tanta responsabilidad me agota. Pero vengo hasta los acantilados y descanso mi mente. Los rayos del sol poniente me dan un poco calor. Su luz me devuelve algo de esa especie de humanidad que supe tener.
Despejarme me hace bien, necesito estar lúcido y preparado. Aleta se encargó de que su hijo encabezara la venganza contra el asesino de su padre, y conociéndola como lo hago, sé que intentará por todos los medios encontrar las Armaduras. Su pueblo las forjó en los anales del tiempo y al hacerlo, las bañaron de poder. Las desea tanto para su hijo, como para ella.
El vástago no podrá encontrarlas. Fracasará y estas palabras quedarán asentadas como prueba de mi grandeza, mi capacidad para adivinar el futuro y los caprichos de los hombres. Porque soy imparable y mi furia será como el viento Norte: frío y cruel. Ya se darán cuenta con quién tratan, a quién desean destruir. Porque yo soy Lord Rakken.

jueves, 25 de noviembre de 2010

Leyendas del norte



Erase una vez, un hombre de rostro agraciado y altura fuera de lo ordinario; vivía en una bella tierra, cercana a las costas del Gran Mar, en el reino de Trondheim. No se le conocía padre o madre que lo hubiera engendrado. En una noche cerrada lo habían encontrado cuando era un retoño; fue adoptado por una pareja de pescadores de la zona y lo criaron como si fuera propio. El pueblito establecido en aquellas costas era bastante pacífico y sus habitantes respondían al comando del Jefe-Guerrero Alsgärd.
Pasaron los años y el niño creció. La mujer del pescador lo había bautizado Tarkûn y así lo conocieron en sus primeros tiempos. Poseía un carácter encendido e inteligencia sin igual además de una velocidad física sorprendente. Aprovechó sus cualidades para hacerse respetar desde muy joven y en el pueblo nadie osaba desafiarlo. Aunque rápido para la cólera tenía un gran corazón.
El Jefe, que era un viejo lobo de mar, deduciendo que Tarkûn podría servirle para sus propios intereses, no tardó en acobijarlo bajo su ala. Le enseñó todo lo que sabía sobre el combate y su pupilo aprendió.
Cuando ya rondaba la veintena, el ataque liderado por Astargos a los reinos de Trondheim, Olsokh y Vylandur desencadenó la guerra y cada pueblo asistió a quienes gobernaban; una mañana partió a la batalla un numeroso grupo de pobladores, entre los que se encontraba Tarkûn. Se presentaron en el campamento establecido en el bosque de Silderheim y se unieron a los otros. Varios años duró la contienda y el joven ganó una gran reputación que le valió el título de Caballero del Reino, otorgado por el propio Fredrik III en persona. Aquella vez los reinos se alzaron con la victoria y los soldados volvieron a sus respectivos pueblos. Al retornar a su lugar de origen, Tarkûn y sus compañeros chocaron con algo inesperado: el pueblo había sido arrasado por completo y no encontraron sobrevivientes. El enemigo los había tomado por sorpresa. Fue entonces que, desconsolado y cegado por la furia, juró venganza y se prometió no parar hasta tener la cabeza del Tenebroso Astargos en sus manos.
El tiempo pasó y su juramento lo llevó por distintos lugares del reino. Los años casi no lo tocaban, parecía envejecer muy lentamente, sin embargo su corazón ya no era tan cálido y se había transformado en una persona dura y calculadora. A pesar de ello, en la ciudad de Silderheim conoció a otro caballero, del cual se hizo muy amigo, llamado Tristan. Compartieron varios momentos felices y aciagos en la lucha contra el enemigo.
En un año marcado por una profunda oscuridad, el Rey Fredrik murió y el trono pasó a su hijo Vindelin. Entendiendo que la mano negra de Astargos los acecharía por siempre si no hacían algo más que defenderse, convocó un gran ejército. Allí fueron Tarkûn y Tristan entre otros grandes señores y caballeros.
La fortuna estuvo de su lado; logrando la victoria en distintas batallas, el cerco fue acorralando al Mago Negro. Esa vez, las ansias de libertad y prosperidad fueron más que las artes malignas y Astargos fue derrotado. Tarkûn aprovechó su oportunidad y lo enfrentó en un duelo intenso; cumpliendo la promesa hecha tiempo atrás, no tuvo piedad y liquidó al enemigo sin pensarlo.
En adelante, su vida se apartó de la de Tristan. Pocas crónicas existen de aquella batalla final, aunque todas coinciden en que Tarkûn cayó en las tinieblas. Sin quedarse mucho tiempo en los festejos, desapareció del mundo conocido y, guiado por su arrogancia, se internó en Los Paramos; tierra temida por los reinos que viven bajo el sol.
Cuando volvió, mucho tiempo después, construyó su morada en las montañas del noreste. El miedo y el terror lo acompañaban, Lord Rakken se llamó desde entonces y todos temieron pronunciar aquel nombre.
Poco a poco, fue rodeándose de figuras siniestras, replegadas luego de la derrota de Astargos; sintiendo el nuevo poder, volvieron de las sombras y con ellas armó un ejército enorme. Se transformó en una nueva Oscuridad; esta vez más terrible e intensa que la del propio mago.
En un principio, nadie sabía quién estaba detrás de todas las desgracias. Los que escapaban de él decían que poseía poderes espantosos, forma pavorosa o que nadie podía mirarlo directamente a los ojos. Pero todas eran conjeturas. Cierto es que Tristan fue convocado por el Rey para presentar pelea, confiando en sus habilidades, en los largos años de servicio y en su caudillaje sobre las fuerzas del reino. No tuvo suerte. Fue aplastado por el enemigo y Rakken se encargó de eliminar a su otrora amigo.
El Poder ahora se alzaba sin limitaciones y, uno a uno, casi todos los reyes cayeron en distintas contiendas.
Es entonces, en esta situación desgraciada, que un rayo de sol se vislumbra en la tempestad y la historia del Heredero comienza.

miércoles, 29 de septiembre de 2010

Al calor de las balas


Hervía el asfalto con el sol del mediodía. La ciudad padecía el auge del tráfico diario. Una llamada anónima había denunciado ciertas irregularidades en la calle 10 y dos unidades policiales se dirigieron con velocidad.
John “Doc” Smithcraft y James Lafferty, estandartes de la nueva policía, viajaban en uno de los autos; era indispensable su presencia, conocían los bajos como pocos. John fue el primero en recibir la orden, dado que James no se encontraba en la comisaría y le faltaban algunas cuadras para llegar. Suponiendo lo peor, cargó su Magnum característica, las nueve milímetros y dos chalecos antibalas. Apenas subió al coche, distinguió a su amigo en la lejanía y lo encaró.
James lucía demasiado agotado, las últimas noches no había podido pegar un ojo, la adicción a las apuestas, esta vez no era el problema: Su novia lo había llamado para contarle que estaba embarazada y llevaba tres meses de gesta. Era una situación nueva y desconocida para él; siendo una persona de reacciones enigmáticas, los siguientes pasos habían de ser un misterio. Mientras acudían al lugar del incidente, le relató a su amigo la noticia. John no pudo disimular su alegría, y a James le generó una mezcla de orgullo y agradecimiento. Era lo que necesitaba, apoyo psicológico suficiente como para abordar su compleja realidad con una mirada optimista.
El otro coche, donde viajaban cuatro efectivos jóvenes, fue el primero en arribar a la escena. Comunicaron la situación por radio y bajaron para verificar. Segundos más tarde, John ubicó el automóvil cortando la calle de modo que el tránsito se desviara. Apoyó los pies en el suelo justo cuando se oían dos disparos; reaccionando le alcanzo las armas a James y desenfundó su revólver. Otro par los obligó a abrir el baúl y cubrirse detrás. James se asomó unos centímetros y, a través de sus anteojos de sol Aviator, observó cómo sus compañeros caían heridos. Miró a John a los ojos y con un guiño de éste se levantaron y comenzaron el tiroteo.
Las balas provenían desde un kiosco de pequeñas dimensiones, la llegada de la policía desconcertó a los delincuentes que se habían atrincherado detrás de un mostrador. James corrió hacia la puerta, distinguió sólo a dos de ellos y al dueño del comercio; John se paró del otro lado, recargaron y continuaron el enfrentamiento.
En una fracción de tiempo, su amigo se desplomó en el suelo ante su incrédula mirada. Iracundo, entró en el lugar y asesinó a los ladrones.
Supuso que todo había terminado, pero la mirada de terror del kiosquero y la fría sensación de una pistola en la sien le comunicaron su error.
- ¡Corten!
Los caídos se levantaron. Jack McClaren (James Lafferty) se acercó al director y le preguntó:
- ¿Qué te pareció Robert?
- Mejor que las cuatro tomas anteriores- contestó entre sonrisas.
- Fantástico- se dirigió a su compañero y le gritó – ¡Charles (John “Doc” Smithcraft), le gustó! ¿Vamos a tomar algo?

martes, 6 de abril de 2010

Alea jacta est


Un sol brillante observa sus dominios desde lo alto del firmamento. El cielo se encuentra limpio, ninguna nube oculta el techo celeste. Irónico.

La alarma se esparció ni bien la noticia llegó a las cabeceras de los medios de comunicación. En internet, a los pocos segundos todos hablaban del suceso. La predicción de esta situación tiempo atrás, habría intentado anticiparnos que el pánico se apoderaría de cualquier ciudad, en cualquier parte del mundo. Debo decir que se hubiese equivocado.

La metrópoli no dejó de respirar con el típico trajín vespertino. Las bocinas de los coches siguen sonando, los perros siguen ladrando, todo fluye con normalidad mientras el sonido del teclado trabajando llena el ambiente.

La inevitabilidad del evento, creo, obliga a quedarse donde uno se encuentra; de una u otra manera la suerte está echada.

Ocho minutos no son muchos cuando se los describe sin una relación con algo. En realidad son algunos menos, pero la esencia de la estructura es casi la misma. Que resten ocho para finalizar un partido de fútbol, podría ser irrelevante, sin embargo en básquet es toda una vida. En este caso, ocho minutos para despedirse, no son suficientes. Hasta el menos sociable de los individuos notaría la injusticia.

Luego de contemplar el cielo me dirijo al teléfono. La primera llamada es predecible:


- Hola, ¿Ma?

- ¿Cómo estás? Si ma, ya lo sé, sólo quería hablar.

- Creo que es en vano que me preguntes si comí hoy.

- Está bien, está bien.

- Yo también te amo.

El corazón me duele como si estuviese a punto de infartarme. Tres minutos.


- Hola ¿Cómo estás?

- Es algo caradura de mi parte, pero creo que necesitaba escuchar tu voz.

- Hipócrita o no, sé que me equivoqué y te quería pedir perdón.

- Es cierto, aunque debo decirte que fueron los mejores años de mi vida.

- Sí, todavía siento lo mismo y eso no cambiará.

- Hasta siempre.

El dolor creció en intensidad de forma exponencial. Cuarenta y cinco segundos.

El sol irradia energía con mas fiereza; preludio de lo que ya pasó, pero todavía no ha llegado. Dejaré el sillón del estudio y saldré a verlo.

Termino el texto y lo subo al blog.

Diez segundos…

domingo, 17 de enero de 2010

2003/2010


Imposibilitada, la luz se encuentra ausente. Como si alguna entidad entendiera y considerara inoportuna su presencia. Aquella que se llevara algo tan preciado hace sólo unos días. Casi no se percibe sonido alguno. El vacio. Eufemismo atolondrado, encripta para quién lo ignora, su relevancia.

Pocos asistimos al evento. Éteres distantes, ahora inconexos entre sí, pues se ha perdido para siempre la unidad. Lo que animaba nuestros corazones.

Sin entender el por qué, la dolorosa realidad se impone de forma altanera, faltando al respeto que merece su historia. Desaparecida la magia, comprendimos al instante el peso de la consecuente. Ese lugar que ya no podrá ser ocupado.

No hay datos precisos, es casi quimérico seguir el curso de los acontecimientos. Hacía bastante que no se lo veía, tal vez un año o año y medio. Suponíamos, obnubilados por Ate, que todavía se encontraba retirado en las montañas. Tiempo atrás eligió las elevaciones centrales para ubicar su vivienda y allí lo encontré un par de veces. La vida eremita lo satisfacía.

Yo fui el primero en enterarme. Tuve la amarga tarea de darles la noticia a los otros. Fue de casualidad, hilando búsquedas sin propósito en Internet; tal vez el destino me había señalado.

Concordamos, luego de hablar unos minutos, que sería mejor mantener el asunto en la mayor discreción. Tampoco quisimos dejar marca alguna. Nuestra memoria sería el Atlas que sostendría su imagen.

Propuse una pequeña reunión, a modo de despedida, para concentrar nuestro afecto hacia él y recordar sus anécdotas. Sin embargo, el silencio envuelve todo, dificultando materializar mi deseo. Cada uno efectúa una introspección, revisando y tratando de internalizar cada sensación.

Con él partió una parte de mí. Creo que ha sido en el momento oportuno, pues es necesario que agite mis alas y ubique un sendero propio.

Por algo será.

Pero es el momento oportuno.

sábado, 26 de diciembre de 2009

Suspenso


Una tenue luz y naranja se aprecia desde la ventana del Petit Château; a través de ella el panorama de una habitación amplia.
Una fogata consume gruesos maderos dentro de la chimenea grande y antigua. La noche se cierra sobre los terrenos y una luna llena le resta protagonismo a las estrellas.
Varios muebles pueblan el lugar, algunos muy viejos, otros recientes; el estilo es homogéneo.
Un hombre sentado en su sillón que luce cómodo y mullido. La mano derecha se cierne sobre un vaso de whiskey, la izquierda sostiene un habano de Cuba. Ambos vicios se transforman en los placeres de quien los degusta.
Detrás del sillón, una mesa larga y varias sillas en la penumbra. La luz no es suficiente para iluminar tamaño espacio, el contexto es el ideal.
Coronando la boca del hogar, un escudo de armas se impone. Dos leones empuñan sendos mazos, entre ellos, una cruz roja le da el toque distintivo.
Pinturas de distintas épocas cuelgan en las paredes. Tantas, que la habitación sola no puede contenerlas, y algunas se pierden en los pasillos linderos.
A pasos de la mesa, dándole un límite divisor a la habitación, un arco de piedra, carente de puertas. En el centro y apenas notable, el mismo escudo, tallado. Ya al nivel del suelo, a ambos flancos, dos armaduras protegen la entrada; su edad es indescifrable, se podría suponer que pertenecen a los albores de la Edad Media.
Hay un imponente reloj a un lado de la chimenea, con perfección suiza marca las doce de la noche. El hombre, que se hallaba hundido en distintos pensamientos, extrae un reloj del bolsillo y lo compara. Lo corrige y devuelve a su lugar.
Los ruidos pertenecientes a la nocturnidad entran por la ventana. Pisadas o corridas de zorros, pájaros sombríos cantan con tono lúgubre y el viento soplando.
Ninguno parece molestar al hombre, ni distraerlo. Continúa su estado de indiferencia y tal vez de ingenuidad.
Un teléfono suena a la distancia; desganado se levanta a atenderlo. No se mantiene una charla demasiado larga; al rato retorna y se sienta en el sillón, una vez más.
El reloj marca el comienzo de la madrugada y, con ello, el vaso se repone con whiskey.
Bibliotecas repletas de libros esperan ansiosos que elija a alguno. No parece dispuesto a hacerlo. Prefiere quedarse donde está. Hace tiempo ha elegido ese camino, agotado por un existencialismo, tal vez pesimista, bañado de una realidad imposible e inevitable.
La cercanía a la muerte no parece amedrentarlo ni alertarlo. Algunas veces es difícil distinguirla, pero él comprende que aquella finitud se acerca.
El reloj vuelve a sonar, han pasado dos horas. Tiene ganas de irse a dormir pero el vicio lo detiene llenando el vaso nuevamente.
El silencio logra un ruido progresivo e intenso. Ya no se escucha el salvajismo de la naturaleza.
El tic-tac se torna insoportable.
Está cerca de levantarse, la vista comienza a decaer.
El tic-tac continúa aumentando, pero encierra una trampa; el ruido penetrante camufla otro tic-tac. Otro reloj debajo del sillón.



"Imagínese a un hombre sentado en el sofá favorito de su casa. Debajo tiene una bomba a punto de estallar. Él lo ignora, pero el público lo sabe. Eso es el suspenso" Alfred Hitchcock.

sábado, 12 de diciembre de 2009

Dialéctica interior


- Mi mente está en blanco…

- ¿Qué?

- Que mi mente está en blanco, no tengo idea alguna sobre qué escribir.

- Bueno. Eso no es problema, nadie dice que debas escribir ahora. Dejalo para otro momento y listo.

- No, bueno…, no es tan así, necesito escribir algo, aunque sea un par de líneas. Pero no se me ocurre nada.

- ¿Estás seguro? Pensá en algo que te sea familiar.

- ¿Como qué?

- No sé. ¿No sos profesor de literatura acaso? Se supone que en estos cuarenta años algo debés haber leído.

- ¿Me estás pidiendo que me inspire en algo ya escrito?

- Si, por lo menos para empezar.

- Eso es plagio, no me gusta plagiar textos.

- Tu primera novela se trató precisamente de eso.

- Mi primera novela fue una obra exquisita desde cualquier ojo crítico.

- Claro, El Señor de los Anillos no te ayudó.

- No, bueno… Es diferente. Nunca plagié el libro, digamos que la idea general me ayudó para poder escribir.

- Me parece recordar que la mayoría de los personajes no eran, justamente, sólo una idea general como estás diciendo.

- Claro que sí. No me ningunees.

- No te ninguneo, digo que si ya lo hiciste una vez, no veo por qué no lo podes volver a hacer.

- Pero no. No quiero hacer eso. Necesito crear algo diferente.

- ¿Hace mucho que no lees?

- ¿Y qué tiene que ver eso precisamente ahora?

- Un escritor, primero debe ser un lector instruido.

- Y dale con el ninguneo. ¿Me tengo que parar para que veas el título otra vez? O si querés te muestro el Doctorado que hice en Oxford.

- Jajajajaja. Claro y todo eso te sirve para lo que NO estás escribiendo ahora. A mí no. Esas excusas dejáselas a los zoquetes que enseñás.

- Que el nivel de este año sea muy inferior al de los años anteriores no los engloba en la categoría de zoquetes.

- Vamos… ¿Cómo se titulaba ese ensayo que leímos la semana pasada? Decía algo sobre Rusia…

- Era sobre La Guerra y la Paz.

- Jajajajajajaja; sí, cierto, ahora me acuerdo. Bueno, ahí tenés un claro ejemplo de por qué entran en esa categoría.

- Me parece que te equivocás, pero no quiero mantener un debate a esta hora, es demasiado tarde.

- Bueno, pero vos empezaste… no sabías sobre qué escribir y me diste conversación.

- Ya se, ya se. Sólo quería hablar un poco. Esperaba que tal vez me dieras alguna idea.

- Ahhh… la magia del subconsciente, ¿no? Creo que ya te di bastantes ideas en el pasado y desde que empezaste terapia dejaste de consultarme. ¿Ésta es la forma de hacer las paces?

- No. Además nunca estuvimos peleados. Que haya empezado terapia no significa que tenga que pelearme con vos, se trata de todo lo contrario.

- Está bien, está bien. Te estaba jodiendo.

- Mmmm… Mejor me tomo la segunda pastilla. Veo que la primera no hizo mucho efecto.

- Linda forma de terminar la conversación. Pero bueno, ya estoy acostumbrado. Ahora a dormir.

sábado, 5 de diciembre de 2009

El Canal


Algunas personas creen que la casualidad no existe, es que se manifiesta la causalidad.

Veamos que conclusión arriban luego del siguiente evento.

Ocurrió hace tres años, en la ciudad de Buenos Aires y la comunidad quedó alterada por varias semanas. Sucedió en el 20, uno de los pocos canales de aire que sobrevivían, a los monopolios. Trabajaba allí el renombrado conductor Carlos Andrada. Desempeñaba una labor fantástica y había sido muy premiado por el espectáculo.

La cuestión es que Carlos estaba con el ánimo por el suelo. Casi un mes atrás su mujer y sus hijos lo habían abandonado por cuestiones todavía desconocidas. Comentaban que ella se había cansado de tantas infidelidades, pero a los rumores hay que darles el beneficio de la duda. A este problema se le sumaba otro: la renovación de su contrato; tuvo que resignar un cuarenta por ciento del sueldo para continuar el año siguiente.

Tal vez el lector crea que estos contratiempos no son nada del otro mundo, sin embargo bastaron para desencadenar algo impensado.

Como decía, Carlos andaba bastante mal. Fue por eso que en la última semana desarrolló un impulso autodestructivo: llegó varias veces ebrio al canal. Las autoridades decidieron suspenderlo por unos días y “sugirieron” que consultara a un terapeuta. La conducción del programa quedó en manos de uno de sus panelistas; hizo lo que pudo, sin embargo las mediciones de audiencia sufrieron una notable baja.

El gerente de programación estaba en un verdadero dilema, necesitaba rescatar a Carlos lo antes posible y no seguir perdiendo frente a la competencia. Los directivos, en una actitud poco simpática, le dieron un ultimátum: Si Carlos no se recuperaba para el siguiente lunes, anularían su contrato y el del resto.

Ocurrió el milagro. El conductor se presentó ese día. Se lo veía bien. Aparentemente las sesiones lo ayudaron. Sobrio, bañado y con muy buen humor comenzó el ya clásico programa vespertino.

La multitud lo amaba. En la primera hora del programa las mediciones marcaron un nuevo record. Los mismos directivos aparecieron en las instalaciones para felicitarlo. Durante una pausa estrecharon manos y le prometieron que si seguía con semejante desempeño, anularían la renovación proponiendo otra con el aumento que solicitaba.

Carlos volvió junto a sus compañeros y ocultó la oferta. Les dijo que era el último programa y deberían comenzar a buscar trabajo. Algunos entendieron la broma y se rieron, otros quedaron deprimidos.

El show finalizaba a las seis de la tarde. A las seis menos cinco la policía y los bomberos fueron alertados por una llamada anónima: parte de los estudios del canal 20 quedó destrozada por una explosión.

En un primer momento los diarios hablaron de un atentado terrorista. La empresa era manejada por extranjeros y se supuso que el grupo más radical del partido nacionalista conservador, había actuado.

Los peritos estudiaron la escena hasta comprobar que el artefacto detonado por Mariano Steinberg, uno de los colaboradores del programa, hizo explotar la bomba que traía el conductor. Le había ganado de mano.

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